Si hay alguien que sepa lo gratificante que es cuidar y que haya hecho esto de esto su profesión, son los profesionales que trabajan en los centros de día y en los centros y residencias para las personas mayores; y si hay alguien que sea capaz de ver la cara menos amable de los cuidados a los ancianos y personas dependientes, son también los mismos profesionales, porque ellos tratan a nuestros mayores, pero tratan también a sus familiares.

La vida nos lleva muchas veces a dedicarnos en cuerpo y alma a los mayores de nuestra familia; a ser sus piernas, sus manos e incluso sus ojos y sus oídos, pero poder cumplir y responder a estas necesidades pasa factura. Quienes cuidan y atienden a sus mayores, deben cuidarse ellos mismos primero; necesitan mimarse para no caer en un estado de ansiedad y de depresión que puede dar al traste con su estado de salud.

Expertos profesionales de los centros de día ven de cerca con cierta frecuencia, las alteraciones físicas que padecen muchos cuidadores del entorno familiar. Cuando esto ocurre y, cuando empiezan a aparecer síntomas de desgaste emocional y físico que se traducen en estrés, ansiedad o depresión, es cuando el denominado síndrome del cuidador quemado, ha hecho acto de presencia.

La medicina ha demostrado que la permanente exposición a grandes esfuerzos que suelen ir acompañados de preocupación e intranquilidad, conducen a estados abrumadores de fuerte desgaste emocional que, sin embargo, pueden curarse y que, sobre todo, pueden ser fáciles de identificar. Entre los primeros síntomas que aparecen para indicarnos que estamos tocando fondo y que nuestras fuerzas empiezan a agotarse, se encuentran la fatiga, la disminución del apetito o la imposibilidad de conciliar el sueño.

Estos síntomas físicos suelen, a su vez, ir acompañados de remedios ‘caseros’ a los que recurren con facilidad quienes cuidan buena parte del tiempo de sus familiares mayores. Son muchos los médicos de los centros de día y los trabajadores sociales que han identificado este síndrome del cuidador quemado entre familiares de personas dependientes que por su estado necesitan de una gran atención; y son ellos los primeros que saben que el remedio más inmediato viene muchas veces de la mano de una automedicación y de un abuso de pastillas para dormir, de bebidas excitantes como el café o del aumento del consumo de tabaco.

Pero los síntomas de alarma, los toques de atención en los que deberíamos fijarnos son también el descuido del aspecto físico o un estado de tristeza permanente. Estos, junto a la desmotivación, desinterés y repentinos cambios e humor, son algunos de los mecanismos que nuestro cuerpo emplea para decirnos que algo va mal.

En estos casos, conviene recordar la importancia de escuchar a quienes nos avisan -que bien pueden ser médicos y profesionales del mundo de la geriatría, de los centros de día o de los ambulatorios médicos-, a quienes son capaces de ver e identificar con más claridad la llegada de los primeros síntomas de un síndrome que aparece siempre con la pérdida de facultades de nuestros seres queridos. Conviene escucharlos y conviene igualmente recordar que están ahí también para escucharnos y responder a cuantas preguntas y consultas queramos hacerles sobre la posible aparición de los mencionados síntomas de este agotador síndrome del cuidador quemado.

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