Cuando hablamos de los ancianos y de las personas mayores, lo hacemos muchas veces empleando el término Tercera edad; en él incluimos con cierta frecuencia, a todos aquellos que superen los 65 años. Sin embargo, hace ya tiempo que los expertos en demografía emplean el término Cuarta edad para referirse a las personas mayores de 80 años, algo que no debería sorprendernos teniendo en cuenta que la esperanza de vida aumenta y con ella, el número de profesionales y de centros que, como los centros de día, responden a muchas de las necesidades de los mayores y de sus familias.

Llegar a la Cuarta edad, significa haber sido capaz de alcanzar la última fase de la vida, haber llegado hasta los 80 años y encontrarse en lo que los geriatras han denominado el ‘umbral del cambio’, puesto que es a partir de aquí cuando más evidente se hace la necesidad de una atención sociosanitaria y de unos cuidados destinados a atender muchas de las patologías que traen consigo cambios físicos y emocionales vinculados a esta etapa de la vida.

Vivimos en una sociedad en la que, como hemos dicho, la esperanza de vida aumenta y en la que el número de ancianos es mayor. Vivimos más pero, ¿vivimos mejor? Expertos en geriatría y profesionales médicos de los centros de día, trabajan a diario por conseguir una mejor calidad de vida. Lo ideal sería que el objetivo no fuera solo vivir más tiempo, sino que este alargamiento de la esperanza de vida fuera el resultado de una excelente calidad de la misma; en términos generales, todos sabemos que el desarrollo del envejecimiento suele estar vinculado a un estilo de vida y a un estado mental y emocional. ¿Qué hacer entonces para llegar a esta Cuarta edad en las mejores condiciones? ¿Qué medios tenemos realmente a nuestro alcance?

Hablar de la importancia de la alegría y de la sonrisa es un argumento que en ocasiones puede parecer manido, la teoría perfecta que todos conocen pero que no todos practican, y la teoría que sí conocen y sí practican en muchos de los centros de día en los que el tiempo transcurre entre gente mayor.

Existen diversos estudios que relacionan el poder de la sonrisa y la vida saludable; más allá de la evidencia que supone el positivismo y la seguridad escondidas en una carcajada o en una sonrisa, conviene subrayar algunas de las recomendaciones que, en este sentido, dan los expertos para envejecer con calidad de vida.

Por una parte, el simple hecho de sonreír significa estimular los músculos de la expresión de la cara y mejorar la circulación y oxigenación. La consecuencia más inmediata: un aumento de la inmunidad del cuerpo. En segundo lugar, pero igual de importante, la sonrisa y con ella, la boca, nos traslada irremediablemente a la importancia de una buena higiene bucal. Es este precisamente, uno de los cuidados de los que los profesionales de los centros de día están más pendientes. Los médicos de estos centros son conscientes de que la higiene bucal es fundamental para prevenir enfermedades cardiovasculares y digestivas. Es por todas estas razones, además de por otras de tinte quizás más espiritual pero no por ello menos importante, por la que sonreír es sano, es preventivo y es más que aconsejable para todas las edades, desde la ‘Primera’ hasta la ‘Cuarta’

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